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El pintor JuanMastromatteo frente a una de sus obras





 

Reflecciones de arte
Juan Mastronatteo


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La pintura es una de las modalidades de expresión de necesidades humanas tan antiguas como el origen del hombre sobre la tierra.
La Historia Universal del Arte alude a los hallazgos prehistóricos (dibujos y pinturas rupestres) y se ha desarrollado e integrado, con todas las variables que el tiempo ha impuesto a los procesos civilizatorios, hasta el día de hoy.
Dicha “necesidad” ha sufrido todas las transformaciones inherentes a la compleja combustión de la sensibilidad y pensamiento de cada periodo.
Hoy estamos inmersos por primera vez, en la disyuntiva que plantea el cuestionamiento mismo de la validez de la representación de la imagen.
Al mismo tiempo, y como un modo posible de ejemplarizarlo, se ha llegado a la sustitución por cualquier otro modo imaginable de nombrarla, hasta el extremo de su anulación, por la superficie en blanco, apelando a la colaboración activa del espectador.
Sabido es que este proceso se desarrolla a partir de la reproducción mecánica de la imagen.
A pesar de ello, aunque parezca contradictorio, se ha reivindicado, y con razón, el valor artístico de la imagen fotográfica.
Al mismo tiempo se ha denostado la representación visual de la imagen realizada por la pintura.
Una vieja idea, una vieja afirmación, echada a rodar y nunca cuestionada, está en la base de este asunto.
A saber: que la representación pictórica supone la imitación de lo real y que ello es además de imposible, decadente. Dicho más simple: que arte y realidad no deben confundirse.
Y en esto, estoy completamente de acuerdo.
El tema radica en preguntarse si toda representación visual expresa una imitación de la realidad o una verdadera acción creadora.
La contradicción está en la base misma de la aseveración.
Cabe preguntarse además, sobre el término imitación (mimesis), si se refiere al objeto representado o a la actitud que asumimos al representarlo.
Y en ambos casos, puede haber un abismo, entre el objeto real y el objeto representado.
Toda acción pictórica supone una interpretación, los diversos grados de la misma, expresan los matices de la actividad creadora y por lo tanto, la profundidad del resultado artístico.
Hay un cúmulo de pensamientos volcados en la acción de pintar.
La solidez de estos pensamientos y el modo de incorporarlos a la obra, serán en definitiva quienes definan el valor artístico de la pintura, y no, definitivamente, el origen real o virtual de lo representado.
Este es un aspecto de la actividad creadora en el que vale profundizar para ser comprendido.
En primer lugar ese “cúmulo de pensamientos” es un complejo modo, de la acción pictórica, que no alude solo a la actividad racional, incluye todas las acciones interiores y emociones, que nuestra subjetividad ha ido acumulando a lo largo y ancho de nuestra vida.
Todos los aprendizajes acumulados puestos al servicio de una acción impulsada por necesidades básicas de expresión, conjuntamente con la esperanza de un hallazgo, que aun siendo difuso, va cobrando claridad y precisión en la propia dinámica de la tarea.
La tarea creativa debe ser entendida como un proceso, una acción en movimiento, un movimiento cuyo resultado final es impredecible, pero que solo se realiza en la acumulación del paso a paso, con sus logros y fracasos.
Ese “cúmulo de pensamientos” es en rigor, una plataforma de conocimientos imprescindible, una plataforma de despegue, pero ni cerca de ser suficiente, para transitarlo o completarlo.
3/1/19.
Podríamos decir que casi un siglo después de ser denostada y hasta negada, la imagen y su representación vuelve a recobrar el lugar y la importancia que tuvo a lo largo de toda la historia del arte.
Dos fueron las circunstancias que provocaron este paréntesis: 1) En primer lugar, la aparición de la cámara fotográfica y la reproducción mecánica de la imagen. 2) En segundo lugar, aunque supone un proceso muy complejo, la convicción de que la representación de la imagen después de siglos había llegado a un estado de agotamiento.
Lejos de eso ,creo que con el advenimiento de la filosofía pos-moderna, el individuo ha recobrado nuevas significaciones y con ellas, aparecen potenciadas nuevas posibilidades de expresión de la imagen que abren un capitulo no explorado en su representación.
En relación a la fotografía cabe recordar, que la idea inicial de que con ella se había encontrado el modo perfecto de reproducir la realidad, hoy no encuentra asidero de fundamentación sostenible.
Basta preguntarse frente a una fotografía, ¿esto es la realidad?, seguramente una posible, entre otras muchas.
Se ha convertido en otra forma de registrar la imagen a través del ojo de la subjetividad, que ordena, ubica y delimita un territorio y su captación mecánica.
La fotografía ha devenido así en un modo mas de registro de la imagen, no compite ni interpela otras formas de hacerlo.
Por si misma no es ni buena ni mala, ni mejor ni peor que ninguna.
El valor de los resultados, seguramente, no dependerá tanto del instrumento utilizado, como del modo de su manipulación.
Hablemos del retrato.
Hagamos la experiencia de comparar diversas fotografías de la misma persona. Si fuera posible, compararlas con retratos realizados por varios artistas, y después de esto, preguntémonos ¿cuál es la imagen que mejor expresa la realidad?
Dicho de otro modo, ¿cuál es la subjetividad que de modo más preciso se acercó a la medida más justa de esa realidad?
Lo más probable es que nos enfrentemos a un conflicto. Será una imagen, serán dos, todas o ninguna?
Probablemente cada una de ellas, iluminará un aspecto de la realidad, tal vez algo más.
Decíamos más arriba que: “toda acción pictórica supone una interpretación”
Si interpretar supone hallar el “entre precio”, o precio justo entre dos extremos, la acción de pintar un retrato podría definirse como aquel proceso que busca aproximarse a ese “precio” colmando plenamente los valores de una subjetividad en movimiento.
Se habla generalmente de “captar el alma del retratado”. El alma. Qué cosa es? Dónde la encontramos?
En qué lugar del retrato, si hay “un lugar” encontramos esa condición?.
Seguramente la captación de una cualidad tan poco aprehensiva, termina siendo la que mejor expresa las mejores y más variadas cualidades de esa realidad.
Algunos artistas hablan de un “imponderable” que puede estar o no.
Tal es, la compleja dimensión del tema. Hay de por medio un enigma.
Cada uno de nosotros intentará una respuesta, en ese diálogo que se instala, invariablemente, entre un sujeto que mira y un sujeto retratado.
De todos modos y en síntesis, parece claro que cuanto más se acerca esa
subjetividad a aquel “entre precio” más cerca del “precio justo” se ubicará la interpretación del objeto representado.
23/1/19.
Ahora bien, comenzábamos hablando de la “recuperación de la imagen” y conviene en este punto, detenernos en una pregunta, ¿En qué medida las profundas transformaciones de la subjetividad han contribuido para que esto aconteciera?
Creo que los grandes y múltiples cambios que observamos en el arte desde mediados del S. XX hasta el día de hoy, solo se explican a través de la evolución permanente de dicha subjetividad.
Las transformaciones de la subjetividad han permitido no solamente un cambio en la mirada y percepción del mundo que nos rodea, ha habilitado un sin fin de nuevas modalidades representativas que han devenido en formas inéditas e insospechadas de captación del objeto y en consecuencia han permitido que antiguas imágenes sepultadas en el pasado, renacieran, transformadas al influjo de esa subjetividad.
No solo se ha transformado la subjetividad, también la percepción de lo individual.
Lo individual, al influjo de la nueva subjetividad, a fuerza de interrogarse, percibe y es consciente que se enfrenta a fuerzas poderosas que ordenan el universo, marcando la dirección de su percepción y el “precio justo” de la interpretación, el “deber ser”, la conducta adecuada al sistema.
La nueva subjetividad se desarrolla a partir de la presencia de un conflicto: el impulso individual hacia la toma de decisiones y la compulsión colectiva de realización, que supone la aceptación de conductas aprobadas por la masa.
Conflicto con la “masa”, con ese “deber ser” colectivo, cuya finalidad primera y última apunta a su propia negación.
La negación de la subjetividad.
Ese, creo, es el signo de los tiempos que corren y el arte, un testimonio privilegiado de la esperanza.

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